El lado “hipster” de Shenzhen

Al salir del metro me reciben, como siempre, un puñado de bicicletas de alquiler aparcadas medianamente ordenadas (al menos más de lo que lo estarían en Xi’an). Esas bicis que en ciudades como Madrid o Barcelona están siendo miradas con lupa por el caos y el desorden que podrían crear, y que en China es una solución de lo más normal. Lo que vuelve a demostrar que por muy hermético y muy controlado que esté en algunos aspectos, China es un país más abierto a los cambios (ojo, no lo digo yo, lo dice Geert Hofstede, un afamado psicólogo social).

Pero ese no es el tema; hoy vengo a seguir hablando de Shenzhen, esa ciudad china que me está enamorando precisamente por no ser tan china.

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Esta tarde he querido pasarme por una zona medio “hipster” cuya visita me recomendaron. Nada más llegar me llama la atención este Starbucks mimetizado con el ambiente.

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La calle da paso a una especie de galería de arte, y los típicos modernitos con cámara en mano, en un entorno que haría las delicias de cualquier “instagramer influencer”.

Algunos bares invitan al “brunch”, en una pared se anuncia una llamativa exposición, y hay cierto aroma a café procedente de algunas cafeterías al más puro estilo occidental. Por un momento no me siento en China, pero tampoco en Occidente, pero sé que es un lugar en el que me gusta estar.

Por otro lado, algunos ven en esta reutilización de una antigua zona industrial un fenómeno negativo que infla los precios y que obliga a los inquilinos originales a cambiar de vivienda. Esta transformación de antiguas áreas en locales de diseño, arte, fotografía… Conocido como gentrificación, vigoriza y revitaliza la economía, y para los que vienen de fuera como yo es un placer, pero en ciudades como Pekín está suponiendo un auténtico drama para muchos ciudadanos locales.

Por cierto, aprovecho para decir que se está produciendo en mí una especie de fenómeno que hace que haya perdido un poco mi sitio. No lo veo como algo negativo, sino más bien como una sensación que me hace citar a Lorca y su “pero yo ya no soy yo, ni esta casa es ya mi casa”. Es decir, cada vez me siento menos “yo” en mi casa, en Córdoba, y cada vez me siento más de aquí o de allá, de ese “no lugar”, en contraposición a ese lugar que guarda tu memoria. Un espacio que no puede definirse ni como espacio de identidad, ni histórico, una especie de “espacio anónimo”, pero un espacio que me encanta, por otra parte.

“Jamás busques la respuesta en los lugares que no existen”.

 

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El califa se muda a Shenzhen: de la tradición a la modernidad

Vuelvo al blog después de un largo periodo, debido principalmente al cambio de ciudad que he experimentado estos días. Resulta que me concedieron la beca de Lectorado, consistente en realizar mi trabajo como profesor de español en una universidad extranjera, en este caso otra universidad china. La diferencia con los dos años y medio anteriores que he estado en Xi’an es que ahora trabajo en representación de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo, perteneciente al Ministerio de Asuntos Exteriores, la cual me ha “destinado” al Instituto Politécnico de Shenzhen.

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Mola esto de tener un pabellón en exclusiva para el bádminton. Por cierto, eso de “Shenzhen 2011” es de cuando se celebró aquí la Universiada ese mismo año.

A diferencia de la universidad en la que estaba antes, centrada en la Filología y la Traducción, en esta se dan carreras más técnicas; concretamente, mi departamento se dedica al grado de Español Comercial. Aunque, a decir verdad, yo voy a dar asignaturas de carácter más lingüístico, como Comprensión y expresión escritas o Comprensión lectora.

A primera vista, Shenzhen se ve una ciudad más moderna que Xi’an; con una red de metro compuesta de hasta 11 líneas, por las 3 con las que cuenta Xi’an actualmente, Shenzhen está bastante mejor conectada que Xi’an. Además, la veo más organizada a nivel de infraestructuras. Por otro lado, lo poco que he visto de la ciudad me ha dado una imagen de ciudad moderna, ese modelo de ciudad con el que soñó Deng Xiaoping.

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Le da un aire a Central Park, ¿no?
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Aquí el tito Deng, uno de los artífices del milagro chino

No es casualidad que fuese aquí donde se abriese el primer Mcdonald’s, allá por 1990, y es que Shenzhen fue la gran apuesta del gobierno chino para acometer la modernización del país que continúa hoy en día. En los años 80, poco después de la llegada al poder de Deng Xiaoping (en 1978), Shenzhen empezó a transformarse poco a poco en una gran megalópolis; se convirtió en una de las primeras zonas económicas especiales que se abrió a la inversión extranjera. Hoy en día Shenzhen es la ciudad más rica de la China continental, por detrás de las regiones administrativas especiales de Hong Kong y Macao.

A diferencia de Xi’an, donde parece que no pasa el tiempo, Shenzhen es una ciudad en constante crecimiento. Por otro lado, mientras que en Xi’an se respira historia y tradición en cada uno de sus rincones, como he contado en más de una ocasión en este blog, en Shenzhen todo es nuevo prácticamente. Así pues, he experimentando un cambio brutal de aires tanto geográfico, ya que Shenzhen se encuentra a más de 1500km al sur de Xi’an, como climatológico, con un clima tropical que contrasta con las estaciones bien definidas de Xi’an. Asimismo, Shenzhen cuenta con una polución notablemente inferior a la de Xi’an.

Y, por supuesto, el aspecto laboral también ha cambiado, considerablemente para mejor, tanto a nivel de calidad del centro como económico. Sinceramente esta ha sido la razón principal para cambiar de aires.

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Mi despacho, desde aquí os escribiré de vez en cuando.

Aunque no todo es positivo; mi pareja sigue en Xi’an, pero ya nos estamos moviendo para que pueda estar aquí lo antes posible. Es una pena que tengamos que estar al menos algunos meses viéndonos unas dos veces al mes, pero como bien dice este proverbio…

“El dragón inmóvil en las aguas profundas se convierte en presa de los cangrejos.”

Ascenso al Monte Taibai y un par de días en Baoji (Shaanxi)

Escalo el pico Taibai por su ladera oeste.

Alcanzo la cumbre al caer el crepúsculo.

La Estrella de la Mañana habla conmigo

y me abre la puerta del cielo.

Gustoso, cabalgo el viento frío,

emerjo por entre las nubes ondulantes,

levanto la mano, toco la luna

y paseo por encima de todas las montañas.

Ahora que he abandonado Wugong,

¿cuándo podré retornar?

Este poema chino anuncia una de mis experiencias del viaje que tuve la oportunidad de realizar el finde pasado por Baoji, a apenas una hora en tren rápido al oeste de Xi’an, sin salir de la provincia de Shaanxi.

太白(Taibai), se traduce en este poema como “Estrella de la Mañana”, como “lucero del alba”, y literalmente se traduciría como el planeta Venus. Situado en el condado de Wugong, a pocos kilómetros al este de Baoji y al oeste de Xi’an, el Monte Taibai, con sus imponentes 3767 metros, es el pico más alto de la provincia y también el más alto de la cordillera Qinling, que separa el norte del sur de China. Esta separación entre norte y sur es muy popular en China, principalmente por hechos como la instalación de la calefacción en las casas, obligatorio en el norte, no ocurriendo lo mismo en el sur. Es un dato curioso si tenemos en cuenta que pocos kilómetros al sur de Xi’an la calefacción deja de ser de obligatoria instalación por el gobierno chino, cuando hace prácticamente el mismo frío en invierno. Pero los que conozcáis China ya sabéis cómo son las cosas aquí: o blanco o negro, no hay gris, lo que no es de extrañar en un país tan poblado y donde se hace tan difícil en ocasiones legislar.

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Xi’an está en el norte, así que jaque mate frío.

Volviendo al tema que nos atañe, empezaré con unas breves indicaciones para llegar. Si vamos desde Xi’an, que es la ciudad principal más cercana, lo ideal es ir en autobús directamente desde aquí. Me han comentado que se  pueden tomar desde la estación de tren de Xi’an, en el mismo lugar en el que se toman para ir a los Guerreros de Terracota; yo tuve la suerte de ir en el coche del padre de uno de mis alumnos, junto a su hermano pequeño y dos alumnas más que se apuntaron por sorpresa, por eso digo eso de “me han comentado”. En mi caso fuimos desde Baoji, que era donde me encontraba originalmente de visita.

La excursión comienza en la base principal al pie de la montaña, desde donde se toma un autobús que te lleva a otra de las bases, donde comienza la visita. Desde aquí se toma otro autobús hasta otro punto de visita, donde puedes seguir disfrutando del entorno y aprovechar para seguir tomando fotos.

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De aquí llegamos al punto de partida del teleférico hacia la cima. Según me ha comentado mi alumno, se trata de uno de los más largos de Asia y uno de los primeros en construirse en toda Asia. No he tenido tiempo de contrastar esta información, así que espero que no sea como lo que se comenta sobre que la agricultura se inventó en China, como otras tantas cosas; existen muchas creencias populares en China sobre el origen de decenas de inventos, las cuales remiten siempre al mismo lugar: China. Tratándose de la fábrica del mundo… ¿Quién sabe?

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Lo que no me cabe duda de que se inventó en China fue el desorbitado precio para todas las atracciones turísticas; desde Huashan (link) no había visto nada igual. Hablaré en euros: 20€ la entrada al recinto donde se sitúa la montaña y 30€ el teleférico ida y vuelta, que más los gastos tontos de comida y tal hacen que el día no salga muy barato. Eso sí, todo se me olvidó cuando me encontré con esto.

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Izquierda tienes calefacción, derecha compras radiador.

Otra de las atracciones de Baoji, aunque más que otra yo diría una de las principales, es el museo del bronce, el más grande del mundo en lo que se refiere a piezas de bronce. El museo alberga centenares de objetos de bronce, la gran mayoría destinados a la cocina y a la conservación del vino, aunque nos encontramos también con representaciones de animales e incluso juguetes para niños. Todos estos objetos cuentan con una antigüedad de alrededor de 3000 años, lo que hace de estas piezas algo único.

Así, el par de días que pasé en Baoji se resume en estos dos lugares. Por falta de tiempo me dejé por visitar otros enclaves que no pillaban demasiado lejos, como la Dehesa de Guanshan o el Templo Famen, pero tratándose de China, un país donde una provincia como Shaanxi tiene una extensión que abarca prácticamente la mitad de España y donde “cerca” o “lejos” adquieren un nuevo significado, el verlo todo se convierte en una ardua tarea.

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“Es mejor volverse atrás que perderse en el camino”.

2 años en China, cómo hemos cambiado

Después de mucho bregar con el servidor de WordPress para poder publicar de nuevo en el blog aquí estoy de nuevo, casi 2 años después desde que empezara mi particular aventura en el gigante asiático. 2 años en China cambian a cualquiera, y yo no iba a ser menos, máxime si tenemos en cuenta que esta es mi primera experiencia trabajando en el extranjero.

¿Qué ha cambiado en mí y en mi visión de China desde mis primeras semanas? Echando la vista atrás, concretamente a mi fase de “luna de miel”, esa etapa en la que todo te parece muy bonito y por la que pasan la mayoría de extranjeros en China, me doy cuenta de que si lo comparo con mi visión actual no todo es de color de rosa, pero si cambias un poco el chip y te lo tomas con filosofía China también puede ser un buen lugar para vivir, pese a no verme aquí para siempre ni mucho menos (o eso pienso ahora).

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大雁塔 (La Gran Pagoda del Ganso Salvaje, Xi’an).

Llegué a china recién entrada la primavera de 2015, a comienzos de una de las mejores estaciones para vivir en el centro – norte de China: contaminación más baja, buen clima, más ambiente en la calle… El tigre no parecía tan fiero como me lo habían pintado, y a eso se mezcló que venía de estar prácticamente parado en España y con muchas ganas de sacarle partido al máster que acababa de terminar. Con la llegada del invierno mi visión en este aspecto cambió, y lo que antes eran cielos más o menos azules se convirtió en un día y otro también de cielos grises y esa denominada “niebla tóxica”, especialmente tóxica por estas latitudes de China, lo que da un giro de 180º al confort del que venías disfrutando meses atrás. Del verano de Xi’an ni hablamos, pero bueno, viniendo de los 45ºC a la sombra de Córdoba no era algo que me pillara por sorpresa. Pese a todo, y como decía antes, puedes acostumbrarte (además de comprarte algunas mascarillas) y convivir con ello.

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No son tan incómodas como parecen, y vienen muy bien para cuando alguien se tira un pedete en el metro.

Partículas dañinas aparte, lo que antes considerabas un pueblo amigo puede llegar a convertirse por momentos en tu peor enemigo. Lo que antes eran risas, fotos y amabilidad se torna en empujones en el bus, empujones en el metro y coches y gente, gente y coches, un caos que se va acumulando no solo en tus ojos, en tu cuerpo, sino también en tu mente, y si no lo controlas puede apoderarse peligrosamente de ti. En este punto no queda más remedio que filosofía y más filosofía; China no es España, de eso te das cuenta pronto, y no vas a poder hacer nada por cambiarlo. Tú solo eres uno más, y mucho más en China; para empezar ni siquiera eres chino, así que no vas a conseguir nada quejándote y poniendo mala cara si alguien entra fumando al ascensor. Acéptalo, China es así, y si no puedes con el enemigo únete a él y aprende a convivir con la mayor armonía posible.

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¿Te quejas de que en tu gimnasio tienes que esperar a que alguien acabe su ejercicio? Imagina esperar a que alguien acabe su siesta.

Pero no todo iba a ser negativo, la comida china me sigue flipando y tras dos años aquí todavía sigo descubriendo nuevos sabores. Por otro lado está el tema laboral y académico; China me da la oportunidad de trabajar con buenas condiciones y pudiendo continuar mi doctorado al mismo tiempo que sigo aprendiendo chino, el idioma del futuro como dicen (hace poco me saqué el certificado de chino HSK3, algo así como el “B1”, hablaré de ello en otra entrada), por lo que en esta parte de la película no hay queja alguna. Además, China es un país en el que puedes evolucionar en el terreno laboral con algo de suerte y moviéndote adecuadamente, y ya estoy mirando diferentes programas para seguir trabajando aquí con todavía mejores condiciones, no sé si en Xi’an o en otra zona de China, pero seguirá siendo China al menos a corto plazo; por ahora no puedo decir nada más que “seguiremos informando”. De momento lo que sí es seguro es que seguiré viajando y conociendo este rinconcito del mundo llamado Asia. Además de los ya conocidos viajes por China repartidos por este blog, este verano tocó Malasia, Singapur y parte de Indonesia, un viaje del cual todavía no he acabado la crónica, algo que espero hacer ahora que he retomado la actividad en el blog.

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Esa suerte que he mencionado en el párrafo anterior es la que me llevó aquí, gracias a esa oferta que de casualidad llegó a manos de mi hermano y que vino a parar a mí, un joven recién posgraduado con muchas ganas de trabajar de lo suyo. Y aquí sigo, haciéndome, no sé si mejor persona, pero sí una persona mucho más preparada ante nuevos retos. Y es que China, para bien o para mal, te curte sobremanera, y después de aquí te pueden poner lo que quieras delante que te lo vas a comer, al igual que China te come, te mastica, y te escupe.

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“El agua hace flotar el barco, pero también puede hundirlo”.

PD: aprovecho para hacer un poco de promoción y hablar del “crowdfunding” que ha comenzado mi hermano para poder publicar su primer libro (digo primero porque seguro que habrá más). Este libro, titulado “Con estos ojos,” con prólogo del menda, es una crónica de la vida en el extranjero que mi hermano empezó hace más de diez años y que continúa en China. Una obra que puede servir de inspiración para todos aquellos que no se atreven a (o no quieren) salir de su zona de confort, perdiéndose así un modo de vida donde no todo es positivo, eso sí, pero puede hacer de ti una persona de la que sentirte orgullosa.

Enlace al libro

Singapur, el orden en el caos

Con un semestre más cargado de clases de lo normal, por avaricia más que por otro motivo, y con una tesis doctoral en constante desarrollo parece casi una proeza encontrar tiempo para el blog, pero Singapur bien merece buscar un ratito.

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A la ciudad – estado de Singapur llegamos en autobús, después de unas  4 horas con origen en la estación de autobuses de Melaka. Lo primero que hay que hacer al llegar a Singapur es bajar del autobús y pasar el control de aduanas. Afortunadamente para nosotros, tanto en Malasia, como en Singapur y como posteriormente en Indonesia, los ciudadanos españoles no tenemos la necesidad de sacar visa antes de viajar; ni siquiera tuvimos que pagar nada como sí hay que hacer en otros países.

Las primeras impresiones de Singapur fueron todas positivas (excepto la temperatura del aire acondicionado del autobús, donde nos arrecimos de lo lindo). Inglés como idioma oficial, lo que suponía que los letreros de las calles estuvieran en inglés; tráfico ordenado, coches que paraban en los semáforos… Para alguien que viene de Occidente esto no supone contraste alguno, pero tenemos que recordar que veníamos de China. Donde sí puede encontrar un buen contraste la mayor parte de los ciudadanos del mundo es en los precios, a no ser que vengas de París o de Nueva York. Un dato que expone claramente esta diferencia es el precio del hotel, el cual nos costó lo mismo para dos noches en una habitación compartida que cinco noches en Bali a pie de playa en una habitación doble con baño privado.

Orden, civismo, limpieza… ¿A qué precio se consigue esta imagen tan idealizada? Una de las peculiaridades de Singapur es la existencia de zonas de fumadores en mitad de la calle, y es que tirar una colilla al suelo conlleva una multa que puede llegar a lo equivalente a unos 15000 euros, una de esas leyes que desearías tener en tu país cuando llevas un rato aguantando el humo de alguien, pero que te hacen reflexionar de si realmente hace falta algo así para concienciar a la gente de que cuiden su entorno.

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Imagen sacada de Internet; se me pasó echar una foto de esto.

Volviendo al viaje, una de las primeras paradas fue la zona de Marina Bay, la típica estampa de Singapur, con un “skyline” asombroso.

Pasear por aquí, sobre todo de noche, es una gozada; no hay nada como buscar asiento después de una larga caminata y quedarte embobado mirando al horizonte. Llegada la hora de cenar nos decidimos por volver a encontrarnos con la comida india, aprovechando la existencia de otra Little India en Singapur. ¿Qué os voy a contar? El almuerzo y la cena eran, sin duda, mis momentos favoritos. Por cierto, siento no tener fotos de esta pequeña India; en ese momento iba pensando más en lo que iba a pedir que en otra cosa; de todas formas lo más pintoresco de este lugar es la comida.

Más allá de los rascacielos encontramos otro de los enclaves por excelencia de Singapur: Sentosa Island, una isla eminentemente turística situada al sur de la ciudad. A Sentosa se llega en el “Sentosa Express”, una especie de monorraíl que te lleva a la isla desde un centro comercial. En este complejo puedes encontrar de todo, dependiendo de tus ganas, tiempo o, lo más importante, presupuesto: playas, resorts de 5 estrellas, campos de golf y hasta un parque temático de Universal Studios. Nosotros con la playa nos apañábamos, así que en nuestro segundo día allí nos fuimos a echar la tarde.

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Pero el motivo real de pasar por Singapur era que se trataba de la escala perfecta para llegar a nuestro próximo destino: Bali, para cuya entrada espero sacar otro ratito pronto.

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Singapur fue el puente perfecto para conectar Malasia con Indonesia,  un pequeño oasis  de civilización donde reponer fuerzas y prepararnos para disfrutar de uno de los lugares más cercanos al paraíso en los que hemos estado, pese a sus problemillas en cuanto a infraestructura que ya comentaremos, pero que añadieron algo más de encanto al viaje.

“Jamás busques la respuesta en los lugares que no existen”.

Melaka, el encanto colonial

Apenas 2 horas en autobús separan Melaka de Kuala Lumpur. Por cierto, la estación de autobuses de Kuala Lumpur bien podría parecer un aeropuerto vista desde fuera:

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A ella se llega en el útil monorraíl de Kuala Lumpur, por lo que es de fácil acceso.

Con el billete de autobús también contratamos un taxi de la compañía que te dejaba en el hostal (salía tirado de precio), así que fue pan comido llegar a él. Lo primero que hicimos aquí fue el ABC de todo viajero: dejar los bártulos, pillar un mapa y a descubrir el lugar.

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Al ser una ciudad pequeña no fue difícil localizar los puntos clave. Es más, en una tarde lo has visto todo, pero no te quieres ir de un sitio así; tiene algo, creo que es la tranquilidad que se respira, por ejemplo, en la ribera del río, en total contraste con otras zonas de Asia, como de la que acabábamos de llegar nosotros y desde la que escribo esta entrada: China, donde encontrar un lugar como el de la foto es harto complicado (si es que lo hay).

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Melaka, aunque en Malasia, es una ciudad que fue conquistada por los portugueses a principios del siglo XVI, conquistada de nuevo por holandeses en el siglo XVII (esta vez a los portugueses) y pasada a manos de los británicos en el XIX, lo que ha dejado varios vestigios coloniales en la zona de su centro histórico, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Es una ciudad portuaria, aunque no de apetitosas playas. Su puerto llegó a estar a la altura de puertos como el de Ceilán, siendo uno de los enclaves comerciales más importantes en la época colonial. Sentíamos curiosidad por ver la zona de la costa, así que terminada la visita del primer día decidimos acercarnos al día siguiente. Para ello “solo” hay que coger un autobús en la estación de autobuses, que te deja en alrededor de una hora relativamente cerca de la playa. Allí empezamos a caminar hasta que dimos con el típico puesto callejero de frutas y bebidas. Le pregunté a una mujer por dónde quedaba la playa, y se ofreció amablemente a llevarnos en su coche, una miniaventura más para la colección.

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Sí, aquí conducen por la izquierda.

Nos dejó justo donde queríamos y nos sentamos allí, simplemente a disfrutar de la tranquilidad del lugar. No nos bañamos, ya que nos comentaron que el agua no es que estuviera muy limpia precisamente, debido a la cercanía de los petroleros, pero el lugar nos sirvió como sede de un picnic improvisado, gracias también a la presencia de una carretilla con comida a escasos metros de donde estábamos.

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Volvimos a Melaka y lo hicimos a nuestro lugar favorito, la zona del río.

La tranquilidad está muy bien, pero llegaba la hora de coger el autobús y plantarnos en un lugar que no tenía nada que ver ni con Kuala Lumpur y mucho menos con Melaka, el hijo pródigo que se hizo de oro: la rica Singapur.

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“El árbol más fuerte y frondoso vive de lo que tiene debajo”.

Kuala Lumpur, comienza la aventura

Es la primera vez en este blog que voy a dedicar más de una entrada, y más de dos, a hablar de un tema no relacionado con China. Y es que mi pareja y yo acabamos de volver de un viaje de 3 semanas que ha abarcado Malasia, Singapur e Indonesia (islas de Bali y Java), y queremos compartir nuestra experiencia, como solemos hacer siempre que viajamos.

El viaje comienza en un tren de 9 horas de Xi’an a Shenzhen. ¿Por qué no nos decidimos por el avión? Es algo que me sigo preguntando. Quizás vi que coger 5 aviones en 3 semanas ya era bastante, por lo que viendo que el tren rápido de China es relativamente cómodo para viajar nos decantamos por esta opción, aunque el precio es similar al del avión. Después de 9 horas de chinadas varias llegamos a Shenzhen, con el tiempo justo de ir al aeropuerto a coger el avión hacia Kuala Lumpur, ciudad a la que llegamos después de otras 4 horas de viaje, ahora sí, en avión.

El primer contacto con la capital malaya fue agradable. Nos pareció una grata opción que dispongas de una ventanilla destinada específicamente a contratar un taxi a tu destino, sin engaños ni vaciles, con el precio pagado previamente. El precio nos pareció más que razonable, así que ya teníamos transporte para llegar al hostal, situado en pleno Chinatown, una de las zonas más concurridas de Kuala Lumpur.

Después de un reconfortante sueño amanecimos en Kuala Lumpur. Hay que decir que la habitación daba lo que prometía: cama, ducha (sin agua caliente) y poco más, y cuando digo cama digo que apenas sobraban 2 metros cuadrados en la habitación de espacio que no fuese la cama. Pero bueno, lo importante era descansar.

Efectivamente, nuestro primer destino fueron las gigantescas Petronas, encontrándonos por el camino con su prima hermana, la torre de TV, de una longitud escasamente inferior (421m por 452 de las Petronas). Las Petronas es una de las postales más trilladas de Asia en general, pero no dejan de impresionar cuando llegas a sus pies.

Paramos a comer en un sitio aleatorio (lo mejor en lo culinario estaba por venir en Little India) y dedicamos la tarde a conocer otros rincones de la ciudad. No entramos al recomendado Bird Park (parque de los pájaros), pero pensamos que ya íbamos a disfrutar de suficientes entornos naturales en Indonesia como para dedicar una tarde a visitar un entorno cerrado en mitad de una ciudad, por muy famoso que fuese (además, la entrada nos parecía excesivamente cara).

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Nos quedamos con esta foto. Al fondo, la torre de TV y las Petronas.

Lo dicho, la cena en Little India fue una auténtica gozada. Hacía tiempo que no comíamos comida india, así que comerla en un sitio lleno de indios (si lo eligen es por algo) y con cocineros indios (la comunidad india en Kuala Lumpur es una de las más numerosas) fue la mejor bienvenida posible.

El día siguiente lo dedicamos a darnos un paseo por los puestos de la calle Petaling, que compone el eje principal de Chinatown, a pasear por la zona de la mezquita Masjid Jamek (en ese momento en obras) y alrededores y a ver la zona de las Petronas de noche, donde pudimos disfrutar del espectáculo de luces del lago. Aprovechamos también para cenar un kebab, que puede parecer insignificante, pero hacía siglos que no engullíamos algo parecido (desde que estábamos en Granada creo yo).

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Casi se me olvidaba el paso por las Cuevas de Batu, a 13 km al norte de Kuala Lumpur, uno de los santuarios hindúes más importantes fuera de la India.

¡Cuidado con los monos!

La capital de Malasia nos pareció una ciudad bien estructurada, con un monorraíl que hace las veces de metro que conecta eficientemente la ciudad y un ejemplo de convivencia de nacionalidades y religiones. Ciudad recomendable, aunque es preferible que sirva de paso a un viaje más amplio, y no para centrar el viaje en torno a ella. Además, se agradece este cambio de aires viniendo de un país como China, donde el orden brilla por su ausencia.

Próxima parada: Melaka. Seguimos en Malasia.

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“El jade necesita ser tallado para ser una gema.”