Singapur, el orden en el caos

Con un semestre más cargado de clases de lo normal, por avaricia más que por otro motivo, y con una tesis doctoral en constante desarrollo parece casi una proeza encontrar tiempo para el blog, pero Singapur bien merece buscar un ratito.

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A la ciudad – estado de Singapur llegamos en autobús, después de unas  4 horas con origen en la estación de autobuses de Melaka. Lo primero que hay que hacer al llegar a Singapur es bajar del autobús y pasar el control de aduanas. Afortunadamente para nosotros, tanto en Malasia, como en Singapur y como posteriormente en Indonesia, los ciudadanos españoles no tenemos la necesidad de sacar visa antes de viajar; ni siquiera tuvimos que pagar nada como sí hay que hacer en otros países.

Las primeras impresiones de Singapur fueron todas positivas (excepto la temperatura del aire acondicionado del autobús, donde nos arrecimos de lo lindo). Inglés como idioma oficial, lo que suponía que los letreros de las calles estuvieran en inglés; tráfico ordenado, coches que paraban en los semáforos… Para alguien que viene de Occidente esto no supone contraste alguno, pero tenemos que recordar que veníamos de China. Donde sí puede encontrar un buen contraste la mayor parte de los ciudadanos del mundo es en los precios, a no ser que vengas de París o de Nueva York. Un dato que expone claramente esta diferencia es el precio del hotel, el cual nos costó lo mismo para dos noches en una habitación compartida que cinco noches en Bali a pie de playa en una habitación doble con baño privado.

Orden, civismo, limpieza… ¿A qué precio se consigue esta imagen tan idealizada? Una de las peculiaridades de Singapur es la existencia de zonas de fumadores en mitad de la calle, y es que tirar una colilla al suelo conlleva una multa que puede llegar a lo equivalente a unos 15000 euros, una de esas leyes que desearías tener en tu país cuando llevas un rato aguantando el humo de alguien, pero que te hacen reflexionar de si realmente hace falta algo así para concienciar a la gente de que cuiden su entorno.

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Imagen sacada de Internet; se me pasó echar una foto de esto.

Volviendo al viaje, una de las primeras paradas fue la zona de Marina Bay, la típica estampa de Singapur, con un “skyline” asombroso.

Pasear por aquí, sobre todo de noche, es una gozada; no hay nada como buscar asiento después de una larga caminata y quedarte embobado mirando al horizonte. Llegada la hora de cenar nos decidimos por volver a encontrarnos con la comida india, aprovechando la existencia de otra Little India en Singapur. ¿Qué os voy a contar? El almuerzo y la cena eran, sin duda, mis momentos favoritos. Por cierto, siento no tener fotos de esta pequeña India; en ese momento iba pensando más en lo que iba a pedir que en otra cosa; de todas formas lo más pintoresco de este lugar es la comida.

Más allá de los rascacielos encontramos otro de los enclaves por excelencia de Singapur: Sentosa Island, una isla eminentemente turística situada al sur de la ciudad. A Sentosa se llega en el “Sentosa Express”, una especie de monorraíl que te lleva a la isla desde un centro comercial. En este complejo puedes encontrar de todo, dependiendo de tus ganas, tiempo o, lo más importante, presupuesto: playas, resorts de 5 estrellas, campos de golf y hasta un parque temático de Universal Studios. Nosotros con la playa nos apañábamos, así que en nuestro segundo día allí nos fuimos a echar la tarde.

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Pero el motivo real de pasar por Singapur era que se trataba de la escala perfecta para llegar a nuestro próximo destino: Bali, para cuya entrada espero sacar otro ratito pronto.

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Singapur fue el puente perfecto para conectar Malasia con Indonesia,  un pequeño oasis  de civilización donde reponer fuerzas y prepararnos para disfrutar de uno de los lugares más cercanos al paraíso en los que hemos estado, pese a sus problemillas en cuanto a infraestructura que ya comentaremos, pero que añadieron algo más de encanto al viaje.

“Jamás busques la respuesta en los lugares que no existen”.

Melaka, el encanto colonial

Apenas 2 horas en autobús separan Melaka de Kuala Lumpur. Por cierto, la estación de autobuses de Kuala Lumpur bien podría parecer un aeropuerto vista desde fuera:

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A ella se llega en el útil monorraíl de Kuala Lumpur, por lo que es de fácil acceso.

Con el billete de autobús también contratamos un taxi de la compañía que te dejaba en el hostal (salía tirado de precio), así que fue pan comido llegar a él. Lo primero que hicimos aquí fue el ABC de todo viajero: dejar los bártulos, pillar un mapa y a descubrir el lugar.

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Al ser una ciudad pequeña no fue difícil localizar los puntos clave. Es más, en una tarde lo has visto todo, pero no te quieres ir de un sitio así; tiene algo, creo que es la tranquilidad que se respira, por ejemplo, en la ribera del río, en total contraste con otras zonas de Asia, como de la que acabábamos de llegar nosotros y desde la que escribo esta entrada: China, donde encontrar un lugar como el de la foto es harto complicado (si es que lo hay).

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Melaka, aunque en Malasia, es una ciudad que fue conquistada por los portugueses a principios del siglo XVI, conquistada de nuevo por holandeses en el siglo XVII (esta vez a los portugueses) y pasada a manos de los británicos en el XIX, lo que ha dejado varios vestigios coloniales en la zona de su centro histórico, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Es una ciudad portuaria, aunque no de apetitosas playas. Su puerto llegó a estar a la altura de puertos como el de Ceilán, siendo uno de los enclaves comerciales más importantes en la época colonial. Sentíamos curiosidad por ver la zona de la costa, así que terminada la visita del primer día decidimos acercarnos al día siguiente. Para ello “solo” hay que coger un autobús en la estación de autobuses, que te deja en alrededor de una hora relativamente cerca de la playa. Allí empezamos a caminar hasta que dimos con el típico puesto callejero de frutas y bebidas. Le pregunté a una mujer por dónde quedaba la playa, y se ofreció amablemente a llevarnos en su coche, una miniaventura más para la colección.

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Sí, aquí conducen por la izquierda.

Nos dejó justo donde queríamos y nos sentamos allí, simplemente a disfrutar de la tranquilidad del lugar. No nos bañamos, ya que nos comentaron que el agua no es que estuviera muy limpia precisamente, debido a la cercanía de los petroleros, pero el lugar nos sirvió como sede de un picnic improvisado, gracias también a la presencia de una carretilla con comida a escasos metros de donde estábamos.

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Volvimos a Melaka y lo hicimos a nuestro lugar favorito, la zona del río.

La tranquilidad está muy bien, pero llegaba la hora de coger el autobús y plantarnos en un lugar que no tenía nada que ver ni con Kuala Lumpur y mucho menos con Melaka, el hijo pródigo que se hizo de oro: la rica Singapur.

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“El árbol más fuerte y frondoso vive de lo que tiene debajo”.

Kuala Lumpur, comienza la aventura

Es la primera vez en este blog que voy a dedicar más de una entrada, y más de dos, a hablar de un tema no relacionado con China. Y es que mi pareja y yo acabamos de volver de un viaje de 3 semanas que ha abarcado Malasia, Singapur e Indonesia (islas de Bali y Java), y queremos compartir nuestra experiencia, como solemos hacer siempre que viajamos.

El viaje comienza en un tren de 9 horas de Xi’an a Shenzhen. ¿Por qué no nos decidimos por el avión? Es algo que me sigo preguntando. Quizás vi que coger 5 aviones en 3 semanas ya era bastante, por lo que viendo que el tren rápido de China es relativamente cómodo para viajar nos decantamos por esta opción, aunque el precio es similar al del avión. Después de 9 horas de chinadas varias llegamos a Shenzhen, con el tiempo justo de ir al aeropuerto a coger el avión hacia Kuala Lumpur, ciudad a la que llegamos después de otras 4 horas de viaje, ahora sí, en avión.

El primer contacto con la capital malaya fue agradable. Nos pareció una grata opción que dispongas de una ventanilla destinada específicamente a contratar un taxi a tu destino, sin engaños ni vaciles, con el precio pagado previamente. El precio nos pareció más que razonable, así que ya teníamos transporte para llegar al hostal, situado en pleno Chinatown, una de las zonas más concurridas de Kuala Lumpur.

Después de un reconfortante sueño amanecimos en Kuala Lumpur. Hay que decir que la habitación daba lo que prometía: cama, ducha (sin agua caliente) y poco más, y cuando digo cama digo que apenas sobraban 2 metros cuadrados en la habitación de espacio que no fuese la cama. Pero bueno, lo importante era descansar.

Efectivamente, nuestro primer destino fueron las gigantescas Petronas, encontrándonos por el camino con su prima hermana, la torre de TV, de una longitud escasamente inferior (421m por 452 de las Petronas). Las Petronas es una de las postales más trilladas de Asia en general, pero no dejan de impresionar cuando llegas a sus pies.

Paramos a comer en un sitio aleatorio (lo mejor en lo culinario estaba por venir en Little India) y dedicamos la tarde a conocer otros rincones de la ciudad. No entramos al recomendado Bird Park (parque de los pájaros), pero pensamos que ya íbamos a disfrutar de suficientes entornos naturales en Indonesia como para dedicar una tarde a visitar un entorno cerrado en mitad de una ciudad, por muy famoso que fuese (además, la entrada nos parecía excesivamente cara).

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Nos quedamos con esta foto. Al fondo, la torre de TV y las Petronas.

Lo dicho, la cena en Little India fue una auténtica gozada. Hacía tiempo que no comíamos comida india, así que comerla en un sitio lleno de indios (si lo eligen es por algo) y con cocineros indios (la comunidad india en Kuala Lumpur es una de las más numerosas) fue la mejor bienvenida posible.

El día siguiente lo dedicamos a darnos un paseo por los puestos de la calle Petaling, que compone el eje principal de Chinatown, a pasear por la zona de la mezquita Masjid Jamek (en ese momento en obras) y alrededores y a ver la zona de las Petronas de noche, donde pudimos disfrutar del espectáculo de luces del lago. Aprovechamos también para cenar un kebab, que puede parecer insignificante, pero hacía siglos que no engullíamos algo parecido (desde que estábamos en Granada creo yo).

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Casi se me olvidaba el paso por las Cuevas de Batu, a 13 km al norte de Kuala Lumpur, uno de los santuarios hindúes más importantes fuera de la India.

¡Cuidado con los monos!

La capital de Malasia nos pareció una ciudad bien estructurada, con un monorraíl que hace las veces de metro que conecta eficientemente la ciudad y un ejemplo de convivencia de nacionalidades y religiones. Ciudad recomendable, aunque es preferible que sirva de paso a un viaje más amplio, y no para centrar el viaje en torno a ella. Además, se agradece este cambio de aires viniendo de un país como China, donde el orden brilla por su ausencia.

Próxima parada: Melaka. Seguimos en Malasia.

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“El jade necesita ser tallado para ser una gema.”

Impresiones de mi segunda visita a Pekín (y consejos para no ser timados)

Muchos sabéis que en agosto del año pasado pasé unos 5 días en la capital de la R.P. China (https://califatodexian.wordpress.com/category/beijing/). Esta vez he vuelto junto a mi pareja, y nos encontramos allí con mi querido hermano, el cual lleva ya unos 6 años trabajando en Shaoxing, en la provincia de Zhejiang, al sureste de China. El motivo del viaje no era tanto placer, sino más bien trabajo, y es que el 4 y 5 de junio se celebraron en Pekín las IX Jornadas de Formación de profesorado de ELE en China, evento en el que yo tenía un papel especial, ya que di una ponencia de 30 minutos.

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La versión escrita de la ponencia está disponible en:

http://sinoele.org/index.php/component/content/article?id=280

Fue mejor de lo esperado; dejé los nervios a un lado e hice lo que fui a hacer: hablar sobre algo que sabía y había preparado, por lo que no había motivos ni excusas para dudar.

En cuanto al resto de las Jornadas solo tengo buenas palabras; aprendimos un montón y conocimos a más gente que se dedica a lo mismo que nosotros, con mención especial a gente de la cual incluso he leído algunos artículos para mi Doctorado, así que califico la experiencia de sobresaliente cuanto menos. Además, pude contar con la compañía de mi hermano, al cual no veía desde febrero cuando nos juntamos en España en las vacaciones de invierno, por lo que estos días en Pekín fueron inmejorables.

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Al fondo a la izquierda están los cracks.

Ya que íbamos por Pekín aprovechamos para pedir al menos un par de días libres en la universidad y enseñarle a mi pareja la milenaria capital, una ciudad que ya conocía y que me encantó, por lo que no me costaba ningún trabajo volver a pasar por los mismos sitios. Fue imposible repetir visita en  todos los lugares a los que fui, pero al menos tuvimos tiempo para Tiananmen, la Ciudad Prohibida, la Colina del Carbón, el Parque Beihai, los Hutongs… Y, sobre todo, la Gran Muralla. Dicen que un hombre no es un hombre hasta que no va a la Gran Muralla, ¿qué soy yo entonces que ya he ido dos veces?

Y, ¿por qué eso de “consejos para no ser timados”? Pues bien, todo viene a raíz de la visita a la Gran Muralla. El año pasado no tuve problema, y cogí, como bien me informé, el autobús 916 hasta la última parada y allí cogí un “taxi pirata” (por aquí los llaman “coche negro”) hasta la falda de la Muralla. Este año, no sé si por las prisas o porque somos unos primos, le hicimos caso a una mujer que trabajaba en la estación de autobuses (joder, la misma que estaba recogiendo los tickets), que nos dijo que mejor cogiéramos otro autobús y allí cogíamos el “coche negro”. Al principio pensamos “bueno, ¿por qué vamos a dudar de una mujer tan amable? Además, todo encaja con la ruta que hice el año pasado…”, pero nada más llegar me di cuenta del percal: solo encontramos uno de esos coches al bajarnos del autobús, cuyo conductor nos pedía una cifra desorbitada (5 o 6 veces más de lo que pagué el año pasado). Al principio me dejé llevar por la ira y me negué ni siquiera a negociar, y me fui directo para coger el bus de vuelta y hacerlo bien, aunque perdiéramos 2 horas. Afortunadamente, mientras yo esperaba enfurruñado en la parada de autobús mi pareja, con mucho más temple que yo, negoció al menos para que lo dejara “solo” por el doble de lo que me costó el año pasado. Así pues, preferí pagar eso en lugar de perder más tiempo, anotando en mi cajón de cosas a recordar que nunca más se me ocurra salirme del guion, y mucho menos en un país con gente tan “pícara” (a decir verdad China no me está pareciendo un país muy “tunante” en ese aspecto, pero hay que ir con ojo en los lugares turísticos, como en muchos otros países).

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Luego me tomé una birra y se me pasó.

Dentro de algo menos de dos semanas nos vamos de viaje 3 semanas, en las cuales recorreremos Malasia y parte de Indonesia. Lo tenemos todo atado y bien atado, así que esperamos que no nos timen mucho. Seguimos leyéndonos.

“Es mejor encender una vela que maldecir la oscuridad”.

De mudanzas y pisos

Uno de los lazos en común que tenemos la mayoría de profesores que trabajamos en China es la posibilidad de que la universidad o centro en cuestión te ofrezca alojamiento, por lo que te ahorras un quebradero de cabeza, además de, obviamente, pagar alquiler. Ese es mi caso, con la particularidad de que el campus donde me alojo está a unos 15km de Xi’an, lo que me obliga a coger un autobús, el cual tarda alrededor de una hora, cada vez que quiero ir a la “civilización”. Este hecho, sumado a que el último autobús que vuelve al campus lo hace a las 7pm, sumado a que cada vez que quería hacer un plan medio decente tenía que alojarme en un hostal, sumado a que mi pareja y yo somos gente joven y nos gusta mucho el ocio y el cachondeo en general, ha propiciado que ahora mismo os esté escribiendo ¡desde mi nuevo piso en Xi’an! A 5 minutos de la boca de metro más cercana, a dos pasos del supermercado internacional Metro (menuda tentación) y a pocas paradas de metro del centro de la ciudad. ¿Cómo lo he conseguido? Os explico:

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Esa nave azul es el “Metro”. Al fondo la torre de TV, al sur de Xi’an, a unas 6 paradas en metro de la torre de la campana (el centro de la ciudad).

Lo primero que hice fue preguntar a la “gente de a pie”, es decir, profesores y estudiantes, para apuntar lo que me iban diciendo e ir comparando información. Todo ello me llevó a buscar en una agencia, ya que la mayoría de opiniones me llevaban a hacerlo. No sé en el resto de ciudades de China (supongo que sí), pero en Xi’an una de las más reconocidas es Century 21, con oficinas por todo el mundo (incluido España). La mecánica es la siguiente: ellos te enseñan fotos de pisos interesantes, vas a verlos y si te gusta tú pagas 1000 yuanes (unos 130 euros) y el dueño paga otros 1000. En mi caso me bastó ver solo un piso para decidirme. El motivo principal de hacerlo así, además de porque nos convenció nada más echarle un vistazo, es que la dueña habla inglés, lo que facilita mucho las cosas en caso de existir algún problema con el piso.

Me consta que en ciudades como Pekín, Shanghái o Shenzhén el precio del alquiler es una locura, pero en Xi’an el precio medio en una zona decente como esta para 2 personas es de 1500 – 2000 yuanes (entre 200 y 270 euros en total). Para la luz, agua y tal el mecanismo es muy curioso; hay una tarjeta para el gas y otra para la luz, y tú las recargas en función de lo que vayas a gastar. Por lo que nos han comentado (y ya estamos empezando a calcular) lo que se puede pagar mensualmente de luz son unos 100 yuanes (unos 13 euros) en total para 2 personas, y de gas más o menos la mitad (más barato imposible). El agua sí que se paga a través de factura, y por lo que nos dicen sale más o menos igual que la luz. Por lo tanto, estamos hablando de unos 200 – 250 yuanes mensuales para 2 personas (unos 30 euros). En cuanto a Internet, hemos tenido que pagar un año entero. Por 50 megas hemos pagado 1000 yuanes para todo el año (130 euros), otro precio de coña.

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La tele con WiFi y conexión HDMI para conectar el ordenador es uno de mis favoritos.

En cuanto al desplazamiento al trabajo, no va a suponer problema alguno. Es cierto que viviremos a una hora en bus, pero la universidad dispone de un autobús para los profesores que residen en Xi’an, que casualmente sale cerca de nuestro piso. Además, los días en los que nos apetezca podemos quedarnos a dormir allí, ya que podemos seguir usando el piso sin problema (vamos a juntarnos con 3 pisos, pura casta). Por otro lado, solemos trabajar de lunes a jueves, por lo que no es ningún drama.

 

Poco más que añadir, aparte de lo contentos que estamos tanto con el piso como con la localización; supone un cambio radical de modo de vida que mejorará la calidad de la misma. Mentiríamos si dijéramos que no vamos a echar de menos vivir en un entorno natural como en el que se sitúa la universidad, pero ese piso sigue allí y podemos volver cada vez que queramos, por ejemplo, en un día de excesivo calor, en el que podemos volver a disfrutar del frescor de la montaña.

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Vendremos a verte de vez en cuando.

“Disfruta la vida, es más tarde de lo que crees”.

Luoyang y Kaifeng, una ruta por la historia

A un par de horas  de Xi’an en  tren rápido (qué maravilla ser protagonista del desarrollo de China) se encuentra Luoyang, una de las 13 antiguas capitales de China, junto a, precisamente, Xi’an. Luoyang, situada en la provincia de Henan, actualmente es conocida principalmente por las Grutas de Longmen, Patrimonio de la Humanidad desde el año 2000, lugar que alberga más de 30000 imágenes budistas de todo tipo esculpidas en la roca, una auténtica pasada de lugar.

Llegar a las Grutas es fácil; los autobuses 53 y 81 tienen como última parada el lugar, aunque una vez allí hay que coger otro autobús que te deja en las taquillas en 5 minutos (puedes caminar, calculo que unos 20 – 30 minutos, pero ese día no había muchas ganas y el autobús ya estaba allí). Este autobús te deja en las taquillas, pero aún faltarían unos 3km para llegar a las grutas, para lo que puedes coger uno de esos coches eléctricos largos que por 10 yuanes te deja, esta vez sí, en la misma puerta del recinto.

En 2 – 3 horas se puede ver tranquilamente, perfecto para volver a Luoyang a almorzar. Después de almorzar lo ideal es dar una vuelta por el casco antiguo de la ciudad, repleta de pequeños puestos de souvenirs y de pequeños tentempiés para aguantar hasta la cena.

Realmente Luoyang no tiene mucho más para visitar, solo lo que nos dejamos para la mañana posterior: el Templo del Caballo Blanco, nada menos que el primer templo budista de China, al menos allí fue construido, ya que lo que queda ahora es una reconstrucción mucho posterior, de alrededor del siglo XVI, pero no por ello tiene menos encanto.

Ese mismo día por la tarde salimos hacia Kaifeng, con la única intención de llegar al hostal, cenar, y levantarnos temprano al día siguiente para visitar la ciudad.

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Kaifeng es una ciudad que se ve en un día, así que sin madrugar demasiado puedes coger el tren de vuelta por la noche. Nuestra intención era dejarnos de guías y dar una vuelta a nuestro aire por la ciudad, con la única ayuda del GPS, yendo a los lugares que podían parecer interesantes. No entramos en la mitad de los sitios, ya que personalmente estamos un poco cansados de que te claven 80 – 100 yuanes para entrar en cualquier templo reconstruido “random”, con dos pagodas, dos jardines y una fuente; hemos decidido a partir de ahora centrarnos solo en los lugares que verdaderamente merezcan la pena (como las Grutas de Longmen) y dejar de hacer el primo. En un año aquí se aprende mucho, por ejemplo que tienes que pagar para entrar a cualquier templo o monumento en general, llamando la atención sobre todo las clavadas que te pegan en las “montañas sagradas” de China, lugares naturales convertidos en súper atracciones.

En cuanto a Kaifeng, la ciudad es otra de las históricas de China. En el siglo VIII era una de las ciudades más pobladas y prósperas del mundo, casualmente superada solo por una: Córdoba. Fue en el siglo IX cuando Kaifeng superó a Córdoba y se plantó en los 700000, en tiempos de la dinastía Tang.

Seguimos viajando y descubriendo, aprendiendo más y más y topándonos con otras de las realidad chinas; vayas a donde vayas, cojas el tren que cojas, siempre habrá alguien excitado que querrá hablar contigo, te hará fotos de extranjis, se te colará, te preguntará de dónde eres y lo flipará por un momento contigo. Y es que hay dos maneras muy claras y diferenciadas de viajar por China: pasar de Pekín a Shanghái y no coger un transporte público sin ayuda del guía o cogerte un tren litera en el interior de China y experimentar lo que es China en su esencia, un país que te maravillará y te agobiará a partes iguales. Sea como sea nosotros nos quedamos con lo segundo.

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Cada cosa tiene su belleza, pero no todos pueden verla

Yuncheng (Shanxi), reencuentro con la China más tradicional

Con unas ganas locas de volver a viajar, empecé a buscar en el mapa que tengo pegado en una pared de mi piso algún lugar cercano a Xi’an donde pasar un par de días, y mis dedos se toparon con Yuncheng, a unos 200km al noreste. En la oferta de trenes disponibles encontré una conexión entre Xi’an y Yuncheng en tren bala, con una duración de viaje de solo 1 hora, por lo que parecía el lugar perfecto para hacer un viaje exprés. La información previa que tenía era lo poco que había leído en la Lonely Planet y un par de fotos en Internet, por lo que se trataba del viaje más a ciegas que iba a hacer desde que recalé en China hace apenas un año.

La aventura no tardó en aparecer. El primer contratiempo vino nada más llegar al hotel que había reservado en Booking, un “7 Days Inn” de los muchos que hay por China. Ya en Shanghái no me dio muy buena impresión entre que no encontraban la reserva y el nulo inglés que hablaban (aunque el problema es mío, ya que soy yo el que está en China). Ahora mi chino era ligeramente mejor, pero el problema estaba claro: no aceptaban extranjeros. Suena un poco mal eso de “no aceptan”; lo que realmente ocurre es que los hoteles necesitan una “licencia especial” para alojar a extranjeros, cual especie extraña que ronda por el mundo, y ese hotel no la tenía (ya les vale a los de Booking no avisar de estas cosas en un país como China). Con un enfado de dos pares de narices fuimos a un hotel que había enfrente, con la suerte de que allí si nos aceptaron, y hasta nos salió más barato, por lo que el parecía que el karma nos sonreía.

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En la zona de la estación de trenes del centro de Yuncheng hay varios hoteles, por lo que no tardamos mucho en encontrar otro hotel.

Esta ciudad tiene sencillamente dos o tres cosas que ofrecernos: el templo dedicado a Guan Yu, siendo el mayor en todo China dedicado a su figura; la estatua gigante de Guan Yu, de unos 80 metros de alto, siendo así una de las estatuas más altas del mundo; y el lago salado de Yuncheng, conocido como el “mar muerto” de China.

Guan Yu fue uno de los generales más importantes de China, y cuenta con numerosos templos dedicados a su culto por todo el país.

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Incluso aparece en algunos videojuegos.

El templo de Guan Yu queda en las afueras de Yuncheng, diría más bien que fuera por completo, ya que el autobús, el número 11, que parte frente a la estación de trenes del centro de la ciudad, sale por completo de la ciudad y te deja en la puerta (debéis decir que vais a “Guandi Miao”, el trayecto son unos 2 yuanes y alrededor de media hora). Se trata del “típico templo”, es decir, con su arquitectura tradicional y sus altares, pero este nos dejó un sabor más especial debido a lo poco transitado que estaba y a la tranquilidad que se podía respirar por consiguiente. Os dejo algunas fotos:

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La estampa típica de esta época es ver algunos árboles de este tipo, como cerezos o almendros, en flor. Precioso.

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Me lo pasé pipa con los gansos.

Cogiendo el autobús 21 en la misma puerta del templo podemos llegar a este punto:

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Lo que se ve a lo lejos es la estatua gigante de Guan Yu. Para llegar hasta ella no queda otra que caminar y caminar por mitad del campo, con sus correspondientes escenas: gente que pasa en moto y te saluda, campesinos que se quedan estupefactos al verte pasar frente a sus cultivos… A esto hay que sumarle que no había NADIE yendo hacia allá, es decir, las únicas personas que en ese momento estaba de camino a la estatua éramos nosotros, así que os podéis imaginar lo curioso de la escena. Una cosa es estar en el centro de Beijing o visitando los Guerreros de Terracota rodeado de extranjeros, ahora estamos hablando de que estábamos en tierra de nadie, sin saber cómo c… íbamos a subir a la estatua y encontrándonos a cada paso con escenas de la China más tradicional: la granja de gansos, los cultivos de maíz, escardillos por doquier… Y por dentro estaba disfrutando al mismo nivel que cuando me dirigía hacia la Gran Muralla.

Y allí llegamos:

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Por ese día era más que suficiente, quedaba volver de nuevo a la parada del autobús 11, en la puerta del templo de Guan Yu, pero había un problema: ya no había autobuses. La única solución era caminar más de una hora, pero, ¿alguna vez os han preguntado si hay alguien que vela por vosotros en algún lugar? Eso me pareció cuando dos mujeres que pasaban por allí se ofrecieron a llevarnos hacia la parada del autobús, las únicas dos mujeres que tenían un coche aparcado por la zona. La suerte y la casualidad atacan de nuevo.

Una vez cerca del hotel fuimos a cenar, y las escenas eran las mismas que en cualquier lugar donde no es típico encontrar extranjeros: gente sorprendida cuando articulábamos dos palabros en chino, viéndonos como usábamos los palillos, preguntándonos de donde veníamos… Se notaba que hacía tiempo que un extranjero no se paraba a comer por allí.

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Se me ha olvidado comentar que el autobús 21 es esto.

Al día siguiente nos quedaba solo visitar el lago, el “mar muerto” de China.

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Nosotros no nos bañamos, nos conformamos con hacernos un par de fotos por el lugar y disfrutar de la tranquilidad de la zona.

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Y así volvíamos a Xi’an, con la satisfacción del trabajo bien hecho, con una aventura más y sintiéndonos unos privilegiados por experimentar unas sensaciones que pocos viajeros experimentan, como la de valerte por ti mismo en sitio extraño, sin recurrir a ninguna ayuda más que a ti mismo y a tus ganas de conocer.

China, cada día te quiero más.

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Estos días han sido tan buenos que ni me importaban que me echaran las típicas fotos “destrangis”.

“Cada cosa tiene su belleza, pero no todos pueden verla”.