Gran Muralla: haciéndome un hombre

Decía Mao que un hombre no es un hombre de verdad hasta que no va a la Gran Muralla (o algo así). No sé cuánto hay de cierto en esto, lo que sí sé es que si estás en China y no has ido a la Muralla o a Beijing en general sientes que todavía no estás en China al 100 %. La sensación que sentí cuando después de un autobús interurbano, una furgoneta – taxi, una pequeña caminata, otro autobús y un teleférico, llegué a la Gran Muralla, fue algo así como “ahora sí”.

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Satisfaction.

Como he anunciado, llegar a la Gran Muralla no es como llegar a la Alhambra de Granada. No me refiero a la belleza (incomparable, cada una de un mundo diferente), sino a la accesibilidad. A la primera la ves venir desde que entras a Granada, pero con la Muralla no te topas hasta que no estás acercándote en el teleférico. El primer paso fue coger un autobús interurbano en Beijing (el 916 exprés, ya que yo fui al tramo de Mutianyu, el que recomiendo a todos los que tengan pensado ir). Después de casi 2 horas de camino hay que bajarse en la última parada y allí empezarán a venir conductores de furgonetas/coches – taxis a decirte que te llevan a Mutianyu. Yo fui a una hora y un día (entre semana) con tan poca afluencia (afortunadamente) que solo pude compartir coche con otro más, pero si vais en grupo o se forma un grupo improvisado en el bus sale bastante económico. Una vez en Mutianyu solo hay que comprar el ticket y dirigirte hacia el bus que te lleva a la falda de la montaña (aquí empiezas a intuir la Muralla desde muy lejos).

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Esta es la entrada al complejo, donde hay que comprar los tickets.

Hay 2 opciones: las dos tienen subida en teleférico, pero al terminar la visita, con una bajas en otro teleférico y con la otra bajas en una especie de tobogán montado en un pequeño vehículo que tú mismo manejas. Yo, obviamente, escogí la segunda opción. No tengo fotos ni vídeos montado, os dejo lo que pude tomar desde fuera:

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Así, una vez en la falda de la montaña solo había que coger el teleférico y dirigirte hacia arriba.

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Al llegar el panorama cambia por completo; de repente te ves rodeado por unos muros que se pierden en el horizonte y te sientes libre, libre de subir, de bajar, de investigar, de fotografiar desde todos los ángulos posibles y protagonista imaginario de una historia escrita con sangre, sacrificio y una filosofía más preocupada de protegerse de lo que viene de fuera que de lo que tiene dentro (esto me suena de algo).

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Algunos tramos de escalera tenían tela.
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Rincones para descansar.
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Siempre hay tiempo para una.

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El tiempo de visita es libre. Yo con 2 – 3 horas tuve más que suficiente, sobre todo porque era agosto y, pese a no hacer excesivo calor, no deja de ser verano en el hemisferio norte. Como he mencionado, la bajada la hice en tobogán. Estuvo bien, pero me habría gustado darle más caña al cacharro (tiene velocidad limitada, pero menos mal, porque pese a esto presencié como una chica china se pegaba una hostia padre).

De nuevo abajo, si tienes hambre tienes multitud de restaurantes, incluidos los típicos de comida rápida, donde saciar tu apetito. Yo comí algo rápido y me dirigí de nuevo en otro de esos coches a coger el bus de vuelta.

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El Burguer King que no falte.

Si intentara hablar de la historia de la Gran Muralla me quedaría bastante corto, así que animo a todo el mundo a que complemente la información leyendo un poco más sobre ella.

Ese día no me quedaban fuerzas para mucho más, así que voy a aprovechar para cerrar las entradas sobre el viaje a Beijing (se queda en 3 entradas, aunque merece muchas más), ya que el fin de semana que viene viajaré a Chengdu y tocará hacer otra crónica. Este viaje será el primero que haga fuera de Xi’an con mi pareja (qué ganas tenía), así que me hace especial ilusión.

En Chengdu, por ejemplo, puedes encontrar la única reserva de pandas del mundo (centro de investigación de crianza de pandas).

Como decía, cierro la crónica sobre Beijing. Lo hago hablando sobre el Palacio de Verano, otro de los enormes parques que se pueden encontrar en Beijing (300 hectáreas, incluyendo el lago Kunming). Su origen se remonta a mediados del siglo XVIII, y el lago, aunque no lo parezca, es artificial.

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El Palacio de Verano, junto a los otros parques que mencioné en las entradas anteriores, conforman un conjunto de espacios abiertos que continúan su lucha particular contra la contaminación y hacen de la capital china un lugar donde no solo la política y el desarrollo tienen lugar, sino también el reposo, el paseo con la familia… Ideas que antes de venir aquí no pensaba que tenían cabida en la capital de un país obsesionado por el desarrollo a cualquier precio.

Larga vida al Parque Beihai, al Templo del Cielo y al Palacio de Verano, ya que mientras sigan existiendo Beijing seguirá en armonía y conservará ese embrujo que me cautivó desde el primer día.

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“Afortunado el que vive tiempos tranquilos.”

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